Una jaula de purpurina: por qué dejar de perseguir la felicidad te puede salvar
Imagínate viviendo feliz.
Siendo guay.
Levantándote cada mañana con alegría y con ganas de vivir.
Sonriendo al espejo mientras te cepillas los dientes.
Dando los buenos días con voz de anuncio.
Bonito, ¿eh?
Ahora despierta.
Porque la vida real no es esa.
No te levantas con alegría, te levantas con sueño.
No sonríes al espejo, revisas si se te nota la cara de cansancio.
Y los buenos días, si los das, suelen ir acompañados de un bufido.
Y está bien.
Porque no se trata de estar feliz.
Se trata de estar vivo.
La trampa invisible de la felicidad como objetivo
Nos la han vendido como la meta: ser feliz.
Pero la felicidad como fin último no solo es poco realista. Es peligrosa.
Te pasas la vida intentando alcanzarla…
y cuando la rozas, ya la has perdido.
Porque no es un estado permanente.
Es un pico.
Un fogonazo.
Un momento que no puedes sostener en el tiempo sin volverte esclavo de perseguirlo.
¿Y si no hiciera falta estar feliz para estar bien?
Esto no va de sentirte bien antes de hacer las cosas.
Esto va de hacer las cosas incluso cuando no te sientes bien.
- Ducharte aunque no te apetezca.
- Salir a la calle aunque esté gris.
- Llamar a alguien aunque te cueste empezar.
A veces la alegría viene después.
Después de haberte elegido, aunque sea un poco.
Después de haber estado contigo, aunque sea en piloto automático.
La vida real no es un anuncio de yogures
La vida real tiene sueño, dudas, cansancio, días de mierda y ropa sin doblar.
Tiene emociones contradictorias y momentos absurdos.
Tiene ganas de desaparecer… y también pequeños detalles que te salvan.
Una canción. Una ducha. Una frase que te dice alguien.
O un recordatorio como este.
El peligro de las jaulas bonitas
La trampa no es solo emocional.
Es existencial.
Vas metiéndote en una jaula decorada con purpurina:
- No puedes quejarte porque “tienes salud”.
- No puedes parar porque “tienes suerte de tener trabajo”.
- No puedes estar mal porque “tienes gente que te quiere”.
Y te lo tragas.
Hasta que un día revientas sin saber por qué.
Así que mejor…
- Estar, aunque sea regular.
- Habitar, aunque duela.
- Decidir, aunque no tengas claro hacia dónde.
Porque ahí, en esa elección pequeña y consciente, aparece otra cosa.
La alegría discreta
Esa que no se grita.
Que no se sube a Instagram.
Que no necesita filtros.
La que aparece cuando no te rindes del todo.
La que aparece cuando, simplemente, estás.
Todo lo bueno pasa en mi lista de emails, envío uno cada día, apúntate aquí: